Category Archives: Sin Prejuicios

De la guerra

EL COLOSO DE GOYASe dice que las guerras son necesarias cuando tienen un fin loable. ¿Qué tipo de  fin se entiende por “loable”?,  ¿las guerras pueden tener un fin positivo?, ¿acaso la libertad o la justicia se consiguen asesinando? Las guerras se justifican cuando estallan para evitar el mal mayor. Lo terrible es que nunca sabemos cuál es el mal mayor porque en las decisiones de estado hay otros factores que pesan más que el supuesto mal mayor. Lo terrible es que en las guerras son asesinados miles de inocentes y el asesinato y la tortura se vuelven una costumbre difícilmente controlable. La orden, el propósito, es acabar con el enemigo, aquel que se opone o es un obstáculo para la consecución de un fin, así sea tu hermano, tu hermana. En la guerra se asesina, se pierde el control, se desconfía, se va la mano, se derrama sangre inocente, lloran los padres y madres por sus hijos asesinados y los hijos huérfanos rascan la tierra buscando, buscando.

Todo acto se puede justificar, para eso existe el lenguaje, capaz de crear telarañas. La distorsión encuentra su cauce y se erige derecho y verdad. ¿Quién, juzga, quién razona? La mente se somete a deseos mezquinos. Las guerras no son justificables; ni siquiera en el juego, pues exigen un vencedor y para que lo haya se aplasta al otro. ¿En qué consiste el premio por ser el mejor?, ¿por someter y humillar? Ser mejor, mejor que el extraño, mejor que el vecino, mejor que tu hermano. Triunfar. Tener más y cada vez más. Caminar orgullosos y soberbios sobre los perdedores, sobre los cadáveres. Lo cierto es que vence la muerte, puntual y precisa.

Después de la victoria, se impone la instauración de un nuevo orden, repartición de tierras, repartición de puestos, repartición de castigos. Las manos están manchadas, el pensamiento obnubilado. ¿Cuál es la gloria del vencedor? La derrota de la civilización, del ser humano que actúa por ambición y egoísmo. Los comics lo retratan bien. Un superhéroe salva a uno destruyendo media ciudad y sembrando pánico en  toda. ¿Valió la pena el rescate? Un nuevo tirano sobresale entre los hombros de las multitudes y viene la traición. La más devastadora de todas, la traición a los principios loables por los que se emprendió la matanza.

REFLEXIONES SOBRE ÉTICA Y LITERATURA

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A lo largo de la historia de la literatura se ha planteado la pertinencia de escribir  con base en fines morales; esto ha generado discusiones en las cuales, algunos abogan por la creación con fin diferente a lo propiamente estético y otros rechazan la idea porque les parece que la creación literaria pierde su esencia si se persigue un fin diferente a lo estético. Esa discusión, a veces, llega al extremo de polarizar las posturas; por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XX, los escritores latinoamericanos discutían sobre si la producción literaria debía ser comprometida o no. Lo cierto es que la literatura, independientemente de que se le cree con fines morales o no, plantea una propuesta ética al poner en tela de juicio las costumbres de la sociedad.

 

Por otra parte, recíprocamente a la discusión anterior, algunos afirman que la enseñanza de la literatura tiene como fin principal que se aprenda a ser buen ciudadano, buen amigo, buen ser humano; fin laudable; pero rebatible. En efecto, uno de los argumentos que se utiliza frecuentemente para convencer a los demás de que lean “buena literatura” es  que entre más se lee  se es mejor ser humano. Creencia  que desmienten algunas biografías de personajes célebres que pasaron por ser lectores ávidos. Habría pues, que aceptar que el número de lecturas no hace mejores seres humanos, puesto que el conocimiento no otorga a quien lo posee la capacidad de comportarse en el mundo y con los otros moralmente (con solidaridad, respeto, dignidad, tolerancia, com-pasión).

 

Tampoco se puede catalogar tajantemente una literatura como buena, puesto que este adjetivo depende de un número considerable de factores. Para un moralista, por ejemplo, la literatura buena sería la edificante; bajo su punto de vista, desaparecería gran parte de la producción literaria (nos bastaría echar un vistazo por la historia de la censura para percatarnos de cuántas obras literarias quedarían fuera de una clasificación moralina).

 

La lectura no hace por arte de magia mejores seres humanos, eso es responsabilidad de cada individuo inmerso en una determinada sociedad; es decir, de la conciencia de cada individuo y de su ejercicio del libre albedrío dentro de su comunidad; sin embargo, la lectura, llevada a cabo reflexivamente, podría convertirse, si y sólo si el individuo así lo desea, en una guía que lo podría conducir a ser un mejor ser humano o, al menos, lo dotaría de más herramientas con las cuales podría decidir.

 

Ahora bien, qué es ser mejor, porque en nuestro mundo actual, lo que se entiende por ser mejor es confuso. En nuestra época y latitud ser mejor equivale a estar mejor y por estar mejor se entiende la constante adquisición de bienes materiales que permiten confort. De este modo la adquisición de bienes a la vanguardia de la ciencia y la tecnología permiten estar mejor y, por lo tanto distinguirse de quienes no están mejor, dicha distinción, siguiendo con la falacia, hace mejores seres humanos.

 

Los avances de la ciencia y la tecnología no son para todos, sólo para quienes pueden comprarlos; esto abre un hueco en la comunidad, la cual sufre una fractura en su constitución debido a que para que algunos de sus miembros estén bien, sacrifica a otros; por consiguiente surge la violencia, actitud que de ningún modo hace mejores seres humanos, puesto que: “una causa principal de sufrimiento es la violencia ejercida por el hombre: en verdad, obrar mal es siempre dañar a otro directa o indirectamente y, por consiguiente, hacerlo sufrir; en su estructura relacional –dialógica–, el mal cometido por uno halla su réplica en el mal padecido por el otro” (Paul RICOEUR, El mal. Un desafío a la filosofía y a la teología. B.A. Amorrortu editores, 2006, p. 26).

 

Si obrar mal para estar bien –con confort-, no hace mejores seres humanos; entonces hemos de buscar la respuesta en lo contrario. Ser mejor ser humano es actuar bien; pero qué es actuar bien; podríamos decir que actuar bien es “toda acción que disminuya la cantidad de violencia ejercida por unos hombres contra otros, [lo cual] disminuye el nivel de sufrimiento en el mundo” (RICOEUR, El mal. Un desafío a la filosofía y a la teología. p. 61).

 

De lo anterior se desprende que ser mejor ser humano, más que un estado es una acción, un comportarse en el mundo y con el mundo. Así, estar cómodamente sentado frente al televisor no puede generar un mejor ser humano. Realmente existe el peligro de que la confusión de términos lleve a la destrucción de lo que tanto nos orgullecemos: la civilización humana. ¿Por qué? Porque se generan sociedades corrompidas y la corrupción a la larga propicia el exterminio. Y no hacen falta las voces proféticas para darnos cuenta de que la vida humana está en peligro; pues asistimos a ese espectáculo diariamente.

 

Sin embargo, estar conscientes de estar en peligro nos ofrece la oportunidad de transformar, cuestionar, actuar; nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el origen de la civilización misma, cuando se hicieron los acuerdos para poder convivir y sobrevivir; es decir, cuando surgieron las primeras normas morales, mismas que trataban de formar al hombre civilizado; el ser humano comprometido con sus creencias y con la sociedad, responsable de su devenir histórico.

 

Estas primeras normas morales, primero guardadas en la memoria y luego registradas por escrito, presentan la lucha de ayer, hoy y mañana del ser humano por hacerse a sí mismo ser civilizado, ser consciente, ser actuante.

 

Pero las reglas pueden interpretarse desde la atalaya del poder para fines diferentes, como la adquisición de bienes materiales, o forjar corazones duros cuando se las lleva a cabo siempre, pase lo que pase, ojo por ojo, diente por diente. Por ello conviene reflexionar sobre ellas una mano en la cabeza, otra en el corazón  y cambiarlas o anularlas si es indispensable. Ello con respeto a los que nos han antecedido en el viaje, a quienes construyeron el piso en el que estamos parados, pero con la suficiente valentía para ver cuando una ley va en contra de lo que la civilización dice defender (por ejemplo, la vida, la dignidad, etc.)

 

Así pues, volviendo a la literatura, la adquisición de conocimiento a través de ella no hace mejores seres humanos, pero sí ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestros comportamientos, pues toda literatura, dígase comprometida o no, pone en tela de juicio los valores morales de la época que la vio nacer; sobre todo, la que hemos clasificado como literatura universal. Nos basta mencionar algunos títulos: los mitos, la Biblia, las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo, el Panchatantra, los cuentos de hadas, las fábulas de todos los tiempos y de todos los lugares; algunos nombres: Dante, Shakespeare, Cervantes, Chaucer, Moliere, Tolstoi, Dostoievski, Kafka, Huxley, etc.

 

De este modo, la enseñanza de la literatura puede enfocarse en el análisis del comportamiento humano que se pone en tela de juicio en la obra. Esto repercute en la manera en la cual el lector ve el mundo, puesto que asiste, a través de la lectura a la crítica explícita o implícita que hace un escritor de algún comportamiento; asimismo, el análisis con base en la crítica moral, permite entender cómo es que se formaron conceptos que rigen consciente o inconscientemente el comportamiento humano, tales como pecado, karma, amor, compasión, pues estos conceptos se forjaron hace mucho tiempo en las primeras civilizaciones que conocemos; para occidente, los pueblos de gran influencia son los hebreos y los griegos. Leer su producción literaria es descubrir en gran parte lo que somos. A partir de ese descubrimiento cada quien elige, ahora, con la responsabilidad de quien conoce.

 

Empatía: En los zapatos ajenos

Los seres humanos somos semejantes, no idénticos; nuestras historias personales, nuestras ideas y nuestra manera de reaccionar ante una particular circunstancia  hacen la distinción. Es verdad que todos los seres humanos sentimos odio, amor, envidia, ansia de poder, celos, ternura, compasión; pero caminamos por diversas veredas que, sin embargo, se encuentran azarosamente. En algún momento el cruce es conflictivo, debido a la presencia de condiciones desventajosas, ya sea para el que viene caminando por la senda contraria o ya sea para nosotros. Cruzar indiferentemente, sin percatarnos del sentir del otro es contrario a la empatía. Pensarse en el lugar desventajoso cuando no estamos en él es sostener una actitud empática y, por lo tanto, practicar la solidaridad, una forma de amar a la vida.

   Tratar de comprender, sin juzgar, las actitudes ante la situación de vida que el otro experimenta es tomar conciencia tanto de las diversas posibilidades que se dan en el camino  como de los diferentes modos de responder a esas posibilidades. La empatía consiste en “la capacidad de compartir una respuesta emocional con otro; la habilidad para separar la perspectiva y el papel que juegan los demás” (Gresham y Elliot: 1989)

   Por supuesto asumir una postura empática no es fácil, pues se debe desarrollar la capacidad de comprender las experiencias placenteras y las experiencias dolorosas ajenas. Sobre todo es difícil ante las condiciones desventajosas. Comprender el dolor ocasionado por posibilidades de vida que creemos lejanas implica en primer lugar admitir que esas posibilidades podrían estar cerca, y en segundo lugar que  tenemos prejuicios, miedos y tabúes. Si creemos que los negros, los morenos, los indígenas y otros grupos raciales son inferiores a los blancos, si creemos que los jóvenes de hoy no tienen valores, si aceptamos que las mujeres sean tratadas como objetos sexuales, si nos escandalizamos porque una pareja hombre-hombre se besa, si hacemos de la vista gorda que existe la violación sexual a niños y niñas, si  creemos que es obligación de un empleado ejemplar trabajar sin descanso, si propiciamos la pedofilia y otras conductas que implican el sometimiento y humillación de otros,  es necesario que nos detengamos a pensar cuánto nos hemos acostumbrado a emitir juicios condenatorios antes que exponernos a ser rechazados por una sociedad permisiva e hipócrita.

   Como seres pertenecientes a la Tierra, debemos reconocer la interdependencia que existe entre todos los organismos y que cada uno de estos cumple una función. Formamos parte de un todo y ese todo es nuestra vida.

   Por otro lado, para eliminar prejuicios debemos practicar la introspección,  conocer los sentimientos que experimentamos ante el otro o lo otro: ¿cómo me expreso y comporto ante el indígena, el extranjero, el empleado, etc.) ¿Cuánto escucho al otro?, ¿le pongo atención o lo interrumpo e insulto?

   Cuando practicamos una actitud empática nos acercamos a la eliminación de la violencia, pues ya no respondemos, debido  al miedo y a los prejuicios, con agresión. De esa manera aprendemos a vivir en armonía con los demás y con nosotros mismos, pues se fomenta una actitud de respeto, solidaridad y tolerancia, lo que nos prepara para la vida, ya que prevemos una posibilidad que nos podría ocurrir porque en este camino no estamos exentos de ninguna.

    Ponerse en los zapatos del otro es mantener una actitud de respeto y amor por la otredad, aceptar las diferencias sin juicios, sin humillación, sin aprovecharnos del momento; es caminar junto al otro mirándolo a los ojos, mientras nuestras sendas cruzan y, es más, experimentar a través del otro una posibilidad más de la vida.

REFERENCIAS:

BRAVO Amanda y Leonardo MANTILLA, Módulo: aprendiendo a ser empáticos. Fe y Alegría, Programa por la Paz. Santa Fe de Bogota. D.C.

HERNÁNDEZ  FERNÁNDEZ, Gisela Itzel, Empatía: Ponte en el lugar del otro, Programa “Habilidades para vivir”, DGSM-UNAM

MANGRULKAR, Leena, et.al. Enfoque de habilidades para la vida para un desarrollo saludable de niños y adolescentes. OPS, ASDI, Fundación W.K. Kellogg, Septiembre 2001

OPS, Manual de Identificación y Promoción de la Resiliencia, Septiembre 1998