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CRÓNICA DE UN SUSTO

Por: Jani Ytzú Flores Fernández
 

Era un día normal, común y corriente (o al menos eso creí), cuando llegó mi abuelo y me preguntó casualmente que si lo acompañaba al mercado. Me sentía exhausta porque recién había llegado de la escuela, pero acepté porque me causó ternura su inocente pregunta. De haber sabido lo que pasaría jamás hubiera accedido.

Crónica de un susto 

En el camino todo iba normal. Mientras llegábamos al tianguis,  mi abuelo se encontró con varias personas a las que nos detuvimos a saludar, yo iba muerta de aburrimiento.

Al fin llegamos al inicio del mercado y me invadió esa ola de olores mezclados (cebolla, ajo, carne cruda y sudores) que para mi gusto es bastante desagradable y me produce una sensación de nauseas, simplemente repulsivo. A pesar de que esa sensación es normal cada que visito un mercado, esta vez fue especial, ya que ese impacto de olores vino acompañado de un presentimiento de que algo malo iba a pasar, pero en ese momento no le di mucha importancia. Seguimos caminado, esquivando personas y puestos, adentrándonos cada vez más en esa densa nube de olores desagradables que llenaban por completo el ambiente, me parecía algo tóxico. Nos detuvimos en un puesto, y mientras mi abuelo se ponía a regatear sobre el precio de algunas frutas, yo miraba a mi alrededor, desesperada por  que llegáramos al final del recorrido. Fue entonces cuando me percaté de que a lo lejos venía un perro, insignificante para la distancia a la que se encontraba, pero aun así allí estaba, amenazante, feo  y terrible, como  suelen  ser  los  perros, o  al menos a  mí me lo parecen.

Poco a poco, paso tras paso, me iba acercando más a ese perro, que de cerca ya era mucho más imponente, aun peor, por mi gran temor hacia estos animales. En un principio traté de ignorarlo pero cada vez me era más difícil hacerlo, pues a cada segundo que nos acercábamos a él crecía la sensación de que lo tenía encima de mí, clavando sus filosos y carnívoros dientes sobre mi cuello, el cual fácilmente podría destrozar en un instante.

Mi paranoia creció tanto que, incluso, logré ignorar por completo la mezcla de olores molestos, que invadían  el ambiente.

El miedo fue en aumento hasta que ya no pude más, estaba justo en frente de mí, ese perro horroroso, mostrando sus puntiagudos y feos dientes. Creí que no se podía hacer nada, me encontraba rodeada de gente y puestos, no podía huir hacia ningún lado. No sé si el miedo me hizo alucinar o si realmente lo que en ese momento me parecía un monstruo feroz y enorme empezó a avanzar con rapidez, casi corrió al verme. Me invadía una horrible sensación de que me atacaría y que yo no podría hacer nada para impedirlo.

Paso justo al lado de mí, la adrenalina que había acumulado hasta el momento me hizo saltar mientras alzaba las manos en un torpe intento de defensa.   El perro, sorprendentemente siguió  de largo sin hacerme ni un rasguño. Lo seguí incrédula con la mirada, aterrada, pero al mismo tiempo respiré con alivio, pues  no me ocurrieron las terribles cosas que imaginé, tantas emociones y pensamientos me pasaban por la mente, todo en un solo segundo, tan rápido que no me percaté del verdadero peligro  que me amenazaba. Bajé las manos que habían permanecido tensas mientras se acercaba el perro, lo más rápidamente posible para no seguir haciendo el ridículo frente a aquellas personas desconocidas para mí.   En ese momento sentí una fuerte punzada en mi brazo derecho, volteé enseguida para llevarme una dolorosa sorpresa al descubrir que mi mano no había encontrado mejor lugar en donde posarse que en una pila de nopales, llenos de afiladas espinas. Quité mi mano enseguida, pero ya era muy tarde, mi piel se encontraba cubierta de estas dañinas cosas que se incrustaban hasta el fondo. Una señora me vio y lo mejor que pudo hacer fue reírse de mi situación, lo más extraño es que todo esto haya ocurrido en menos de un minuto y ante numerosas personas como testigos.

Continué el camino un poco avergonzada de lo que yo misma provoqué por mis miedos irracionales. Mi abuelo iba tan concentrado en sus asuntos que no se dio cuenta de  lo ocurrido y a mí me daba tanta pena el acceso de miedo que no fui capaz de contárselo. Lo único que causé con mis angustias fue que el camino fuera aún más pesado, anhelaba  estar de nuevo en casa. Me pareció un siglo el camino de vuelta, pero al fin llegué a casa y lo primero que hice fue buscar una lupa y unas pincitas para sacarme todas las espinas hasta que no quedara ninguna.

Solo me queda decir que desde ese día ya no me  molesto en los extraños olores que hay en un mercado, o en los perros amenazantes. Me parece más importante concentrarme en donde pongo mi mano, pues no quisiera volver a pasar sentada una larga hora tratando de  retirar de mi piel las molestas espinas de nopal.