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Nazarín (1895), de Benito Pérez Galdós

Nazarín es una novela del Realismo español, escrita por Benito Pérez Galdós (1843-1920), narrador prolijo que escribió entre otras obras La fontana de oro (su primera novela, 1860); Doña Perfecta, Marianela, Fortunata y Jacinta, Miau, Misericordia y Episodios  Nacionales.

Nazarín se centra en el padre Nazario, un ser bondadoso o loco, por el cual reflexionamos sobre la nobleza de espíritu enfrentada al progreso material. Se plantea que: “Vivir el ideal cristiano de la caridad, la fe y la pobreza en una sociedad material en la que los valores espirituales no existen, parece una locura o una sinvergüenzada”.nazarin430

La novela  se estructura en cinco capítulos, cada uno dividido en episodios en los que se construye una atmósfera ambigua a través de la narración en tempo lento, cronológicamente. Los retratos de los personajes vulgares y carnavalescos, espirituales e ingenuos, también crean la ambigüedad.

El primer capítulo introduce la historia. La voz narrativa es de una primera persona,  un cronista, quien visita en compañía de un amigo, un martes de carnaval, la casa de huéspedes de la Señora “Chafaina”, ubicada en la calle de las Amazonas (Madrid), la periferia marginada, donde se dan cita comerciantes, gitanos y prostitutas. Cuatro de éstas últimas arremeten contra un clérigo. La personalidad, confusa, del padre Nazario y su aspecto, delgado, aparentemente débil, despierta la curiosidad de los visitantes.  El padre Nazario se vuelve objeto de discusión. ¿Es un santo?, ¿una buena persona?, ¿un loco?, ¿un haragán?, o ¿un cínico al que le gusta vivir a costa de los demás? Prometen volver por la respuesta, pero no lo hacen. Sin embargo, el cronista, intrigado, decide escribir una historia. Así comienza el relato desde la tercera persona omnisciente del deambular de Nazarín por una España pobre y villana, ingenua, loca e idealista.

El segundo capítulo marca el comienzo de la desventura o aventura del sacerdote. Ándara, una de las prostitutas que lo había injuriado, toca a su puerta a medianoche. Está herida, había reñido con la Tiñosa. Le ruega le de alojamiento; el sacerdote le brinda ayuda, pero pronto la descubren por lo que la mujer, impulsiva y franca, prende fuego a todo el edificio y huye; el sacerdote recurre a un amigo clérigo, quien lo aloja en su casa, pero a los pocos días, ante los rumores que corren, le pide que se marche. Nazarín se refugia con una pareja de viejos. Sin embargo no tiene dinero porque ya no le confían la celebración de misas. Entonces decide vivir idealistamente al aire libre, con la providencia; decide vivir la vida cristiana; se viste de mendicante y se marcha de Madrid.

En el tercer capítulo, Ándara, agradecida y decidida a transformarse en mujer de dios, sigue a Nazarín en su mendicidad. Van de un pueblo a otro. En Móstoles visitan a  Beatriz y Fabiana, ésta última tiene una hija enferma.  Las mujeres creen que Nazarín puede curarla. Él argumenta que él no hace milagros, pero reza. La niña cura y Beatriz, una joven nerviosa, enamorada de un rufián, el Pinto,  decide irse de mendicante con Nazarín y Ándara. Llegan a los terrenos del temible Don Pedro de Belmonte, un tirano. Nazarín decide enfrentarse a él, pero Don Pedro (loco) confunde a Nazarín con el patriarca armenio, Esdras, a quien admira. Le hace regalos en vez de maltratarlo. Cosa que no gusta a Nazarín porque él quiere probar su cristianismo. Encuentra una oportunidad en Villamantilla, donde  hay epidemia de viruela.

En el cuarto capítulo Nazarín ayuda gustoso a enterrar a los muertos por la viruela; a las mujeres les cuesta realizar esa labor, pero colaboran con él. Después de ayudar en los pueblos atacados por la enfermedad, pasar poblados secos, sufrir hambre e injurias, llegan a una construcción abandonada, a la que llaman castillo. Parece irles mejor en ese pueblo, pero Beatriz se encuentra con el Pinto, quien le exige que se vaya con él y amenaza con matarla a ella y a sus compañeros, si no lo hace. Tras una lucha con sus nervios, Beatriz le cuenta el suceso a Nazarín; Ándara propone que huyan, pero  él no quiere huir. Sin embargo en la noche se mantienen en guardia, escuchan voces de algunos que suben, pero la neblina impide subir a sus enemigos. Al otro día, un enano y mendicante, Ujo, enamorado de Ándara, les previene para que huyan. No lo hacen.  Los tres tienen malos presentimientos, pero el padre insiste en quedarse, convencido de que no tiene por qué huir. La guardia  los apresa. Son conducidos en caravana hacia Madrid junto a un anciano, una niña y dos ladrones.

El último capítulo trascurre entre celdas y poblados.  En las celdas separan hombres de mujeres. Nazarín duerme entre rufianes, quienes lo  golpean, uno lo defiende. Beatriz, solidaria, insiste en correr la suerte de sus compañeros.  Nazarín comienza a sufrir fiebre, delira, duda de la realidad, duda de la ficción. En algunos momentos le parece que Ándara es una Amazona y Beatriz, un ángel, y que dios está con él. Otras, las mujeres son vulgares y lo rodean los ladrones. La idea de realidad y la idea de ficción se confunden.

El nombre del personaje principal, Nazarín, alude a Nazareno, pero La terminación “ín” genera ambigüedad, porque puede tratarse de un mesías o un simulador.  El padre Nazario es contradictorio: orgulloso, débil, fuerte, loco, idealista, fiel a los principios católicos, soberbio, marginal, su comportamiento no está de acuerdo a una sociedad capitalista, regida por el progreso material.  Las mujeres que lo acompañan en su aventura son personajes secundarios: Ándara: práctica, agradecida, diligente, fuerte (hombruna), con sentido del humor y Beatriz: nerviosa, sensible, paciente, apasionada, solidaria. Personajes terciarios son Estefanía, Uto, El Pinto, Pedro de Belmonte, el clérigo y los viejos.

            Las clases marginadas, vagabundos, prostitutas, mendigos, no son aceptadas por la sociedad, pero ella misma las produce cuando hay injusticia y abuso de poder. En la España de Pérez Galdós no existían las condiciones para que la mayoría de las personas accediera a una vida cómoda, por eso el pueblo reaccionó con enojo y violencia (con revueltas).

Si bien una elevada espiritualidad no es resultado de una economía holgada, ésta sí repercute en la disminución  de la violencia.  La bellaquería que describe Benito Pérez Galdós está originada en la sociedad, la cual tergiversa los valores. El padre Nazario no hace mal a nadie, no levanta falsos, no roba, no mata, pero no trabaja (la ayuda altruista no se toma en cuenta, tampoco su labor espiritual). Si no trabajas por dinero y no tienes casa, ni propiedades, algo no funciona. La sociedad no mantiene vagos. La sociedad se compone de familias, no se mira muy bien que dos mujeres anden errantes con un hombre. Los demás juzgan y dan sus juicios por hecho. El Pinto, un bribón, se permite humillar a Beatriz, las mujeres se santiguan. La pregunta es ¿quién es el loco? El orgulloso padre Nazario que decide pernoctar en el campo,  vivir errante y sin propiedad alguna o la sociedad que juzga y condena sin manifestar interés por los sentimientos y pensamientos del otro. ¿Cuál es la razón por la que una mujer se prostituye? La raza humana yerra, pero en reconocer sus yerros existe la oportunidad de reconstruirse a sí misma.

Nazarín pasa de la realidad a la ficción, de la ficción a la realidad, es parte de nuestros sueños, es la locura de un ideal, es la figura grotesca del enano Uto, riendo y llorando ante la partida de su fea pero amada Ándara. Es Ándara, amazona, prostituta y hombruna. Es Beatriz, nerviosa, apasionada y espiritual. En fin, es la sociedad envuelta en su telaraña, incapaz de discernir cuál es la verdad.

EL INTERÉS INDIVIDUAL EN LAS BATALLAS EN EL DESIERTO

Por Patricia Marcuz
 

José Emilio Pacheco es un ensayista, pensador y poeta mexicano; perteneciente a la “Generación de los años Cincuenta”.    Con  Las batallas en el desierto se consolidó como uno de los autores actuales más relevantes de nuestro país. Esta novela apareció en 1981, pero narra en retrospectiva  una historia de amor, trascurrida en 1948 en la colonia Roma. Novela  corta  de una extraordinaria riqueza tanto literaria como humanística, Las batallas en el desierto adquiere carácter universal. Un niño y una ciudad crecen, en el transcurso el niño descubre un mundo de hipocresía en donde la ciudad, la mujer amada y él mismo se convierten en víctimas del interés individual. La acusación y la defensa del amor sobre la hipocresía son los ejes temáticos que desarrolla el narrador, el adulto, irónico, mordaz y crítico ante un pasado en el cual el interés individual, mezquino y material se impone al interés colectivo y a los valores positivos universales, tales como la verdad y el amor.

La voz narrativa es la del personaje principal, una primera persona que se desdobla en el pasado, proyección  lumínica que se va construyendo conforme el relato avanza. Carlos adulto, al narrar elabora la defensa  de un periodo de su niñez que permanece en su memoria, a pesar de los esfuerzos de sus progenitores para obligarlo a olvidar.  La técnica narrativa de José Emilio Pacheco hace convivir al adulto,  crítico e irónico,  con la voz del niño, inocente y sensible. A veces nos sorprende la voz del niño, narrando en presente, viviendo su historia de amor, para luego dar pie a la voz del adulto emitiendo un juicio crítico, con base en su experiencia como habitante de la ciudad.

Carlos adulto, al extraer de la memoria el recuerdo de su primer amor, da cuenta  del mundo que lo rodea; una ciudad que debe ingresar a la modernidad y unos dirigentes que aprovechan la situación para enriquecerse. Con la distancia de los años, el adulto se percata de  la explotación  que hace el gobierno de Miguel Alemán de la idea utópica que sostiene la reciprocidad entre la modernización y la calidad de vida. La contextualización de su enamoramiento de Mariana lo lleva a describir irónicamente, a través de la enumeración, la situación política, mejor dicho, propagandista de la época: “La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada”.

Miguel Alemán, por medio de la propaganda se convierte en emblema del progreso, esperanza de bienestar futuro. Así pues, las malas noticias transmitidas por los periódicos se nulifican por los vaticinios de los libros de texto: “Para el impensable año dos mil se auguraba –sin especificar cómo íbamos a lograrlo—un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia […] La utopía al fin conquistada”.

Carlos, al observar el pasado con los ojos del niño, pero con el juicio de un adulto, devela la mentira para descubrir afanes de encumbramiento sin importar el costo. El discurso oficial de Miguel Alemán se manifiesta engañoso y perjudicial. El uso de la ironía pone en relieve las  ilusiones de los citadinos en contraste con el aprovechamiento que hacen  los políticos de la idea de progreso igual a bienestar general. Asimismo, mordazmente, el narrador descubre la hipocresía, pues nadie osa criticar al presidente de frente.

De igual modo se devela el aspecto negativo de la influencia de las costumbres estadounidenses; así pues, el resultado de situar a Estados Unidos como símbolo de progreso y, por consiguiente, de bienestar económico, democracia y libertad, es la imitación. De tal suerte, en una escala de valores errada, surge la creencia en la población común que la imitación de las costumbres estadounidenses repercute en un “ascenso social”. Esto, por supuesto, conduce al desprecio de lo mexicano a favor de lo estadounidense: “Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto de los mexicanos” –dice el tío de Carlos.  Esta  escala  de valores errada propicia la práctica de la doble moral, basada en prejuicios. Por ello, Mariana es juzgada como mujer perversa, al igual que las sirvientas a las que Héctor persigue; pero no así, Héctor ni el padre de Carlitos, quien sostiene una casa chica.

La mirada crítica de Carlos adulto se basa en el contraste establecido entre un mundo negativo pero “legitimado” y un mundo positivo pero “viciado”. Es decir, el amor nacido de una manera espontánea como una respuesta natural a la experiencia de vivir y crecer es transformado por los “adultos”, supuestos seres maduros, en una perversión. De tal manera el  valor positivo del amor es tergiversado en un país acostumbrado al engaño, al odio, consecuencia de la prevalencia del interés individual sobre el colectivo. De allí que defina Carlitos con amargura: “El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”.

En efecto, en una ciudad de simulación, la sinceridad es locura y el amor un acto perverso. Es así como cada personaje de la novela vive sus batallas en el desierto, metáfora de crecimiento espiritual. Una batalla en solitario, contra los propios demonios; en el desierto contra otros seres humanos. Sin embargo puede ser una batalla por odio, avaricia y ambición o una batalla por recuperar lo verdaderamente valioso. Carlos comienza su batalla a los ocho años, en 1948; y décadas después obtiene la victoria. Su relato es defensa y acusación que descubre los  demonios: avaricia, lujuria y soberbia; y devuelve su valor a la verdad, la solidaridad y el amor. Mariana en 1948 es la mujer pecadora, la prejuiciada, a la que le arrojan las piedras, la “inmolada”; en 1981 Mariana es la amada: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria. Voy a conservarlo entero por que hoy me enamoré de Mariana.”

El recuerdo de Mariana y  el recuerdo de la colonia Roma conducen al protagonista a la reafirmación de la sinceridad y del amor. La ciudad que crece es vejada por seres cuyos intereses son mezquinos, seres ligados a la doble moral y a las creencias injustificadas. De tal manera, el narrador describe a una clase política que se enriquece, padres de familia que mantienen una casa chica y una madre que se aferra a las creencias de una clase privilegiada en decadencia. La ciudad, la mujer y el niño se deben someter a esos intereses. En el primer caso los dirigentes políticos aprueban obras de empresarios falsarios en perjuicio de la ciudad: “contratos por todas partes, terrenos en Acapulco, permisos de importación, constructoras, autorizaciones para establecer filiales de compañías norteamericanas;  leyes para cubrir todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno.

Tanto políticos como empresarios aguzan sus poderes para aprovecharse de ciudadanos con necesidades y ansias de mejora económica; los políticos aprueban, los empresarios construyen, sin planeación, sin un estudio científico sobre las condiciones del terreno, sin considerar los daños a la salud y al ambiente.  El sueño de modernización y bienestar social se derrumba.

Las ceremonias de inauguración de obras, aún inacabadas, presentan el drama de un país pobre sumergido en la mentira y en el sueño. El resquebrajamiento obvio  se sintetiza en la demolición. Edificios, colonias, ciudad y sueños  caen debido a la fuerza externa: grúas, terremotos, corrupción.

La vida cómoda que acarrea la llegada de la tecnología tiene puntos a su favor; sobre todo en el ahorro de tiempo y trabajo. De allí que la madre de Carlos estuviera ansiosa de comprar las tecnologías de la época: “[…] lavadora, aspiradora, licuadora, olla express, refrigerador eléctrico”.  Sin embargo, las oportunidades no se abren para todos los habitantes, la madre de Carlos podía comprar estos artículos no así la de Rosales. La creencia de que el progreso va de la mano de bienestar general  e igualdad de derechos para todos se derrumba.  La demolición es inevitable; como los sismos, sin embargo naturales, como el amor.