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Pilar Rioja y Geraldine Chaplin en la UNAM: el nacimiento del Fénix

Pocas veces se tiene la oportunidad de disfrutar de personas que comunican a través de su profesión el amor por  la vida. En noviembre de 2012 la Universidad Nacional Autónoma de México  nos brindó el deleite de la danza de Pilar Rioja en la Sala Miguel Covarrubias y la visita de la actriz Geraldine Chaplin en la Facultad de Filosofía y Letras. Ambas artistas  prueban que en el invierno nacen flores –como las begonias y los pensamientos–, tal vitalidad se manifiesta en ellas; en la Rioja, en cada uno de los movimientos que conforman su danza y, en Geraldine, en sus enormes ojos de niña traviesa.  La primera acaba de cumplir los ochenta, una cifra que asombra y enorgullece cuando se tiene el cuerpo moldeado por la disciplina; cuando ese cuerpo toma  la vida misma para volcarla en fuerza y sensualidad. La segunda, de sesenta y ocho, pareciera decirnos a través de su risa y sus ojos que Charlot no envejece ni envejecerá. Después de observarlas (o vivirlas) creo entender la magia de las ondinas y de las hechiceras, almas sabias a las que la edad les ha aportado paradójicamente el placer de la juventud eterna. Con la danza de Pilar asistimos al renacimiento del fénix, las cenizas poco a poco van tomando forma y color, conforme el cuerpo de la hechicera realiza el sortilegio.

Diana Bracho entrevistó a Geraldine, pero ante esta ondina, la conservadora actriz empequeñeció. Tal era el ímpetu de la cascada que tenía a su lado. Apenas tenía tiempo para reponerse de las respuestas enigmáticas, sencillas (lógicas) de una mujer dueña del espacio, dueña de sí.  Por ejemplo, Diana explicaba su concepto de calavera, algo así como el talento escénico (la verdad es que no entendí su pregunta). “Yo tengo calavera, tú ¿tienes calavera?—preguntó Diana, “¿calavera?”, —contestó Geraldine—“sí, tengo calavera” –agregó con una gran sonrisa, abriendo el suéter para mostrar el dibujo de su camiseta: un cráneo plateado. Después de una entrevista un tanto difícil para la entrevistadora, quizá no acostumbrada a las ondinas, llegó la pregunta de cierre: “¿A dónde vas?”, (entiéndase proyectos futuros) –“bueno, a dónde ya sabemos todos”. Un tanto confundida la entrevistadora agregó – Todos vamos para allá, hay que llegar;  Geraldine replicó:  “No, yo no quiero llegar”.

El amor por la vida se manifiesta en ése no querer llegar. La voluntad del cuerpo que danza. La vida en su vaivén trae amores y pérdidas que se transforman en arte, las manos de las ondinas toman el aire y le dan forma, toman presa el agua y hacen surgen de las cenizas aves fénix. El poeta Luis Rius decía que Pilar podría bailar en un piso de agua, deslizar su cuerpo y algo más, ese algo más que no tiene forma y que en el movimiento se manifiesta y reconocemos como la sal y la pimienta. ¡Guapa! La Señora posee duende, “garra”, como Don Manolo Vargas, su amigo entrañable, llamaba al duende. Y qué decir de la jovial Geraldine Chaplin: tiene calavera, no sólo en su camiseta