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Del amor y el ridículo

Fernando Pessoa, bajo el heterónimo Álvaro de Campos, escribe el verso: “Todas las cartas de amor son ridículas”. Por consiguiente el que escribe cartas de amor y los enamorados somos ridículos. Claro, me incluyo, pues he escrito cartas de amor y me he enamorado. ¿Por qué, cuándo alguien se distrae, tiene cara de no entender y le da por suspirar, pensamos que está enamorado y le hacemos burla?, ¿por qué cuándo leemos en las redes sociales mensajes de amor, movemos la cabeza, quizá esbozando una sonrisa? “Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas”. ¿Qué es el amor, que induce a actuar como no lo habríamos hecho en otra circunstancia? ¿Qué fuerza impele a vencer el temor al ridículo?

El amor sigue siendo uno de los temas preferidos de los cineastas, poetas, cantantes y políticos. Dicen que hay varios tipos de amor, al padre, al novio, a los amigos, a la pluma, al perro, al cosmos. De todos estos el que más éxito goza  –y del que voy a escribir– es el amor de un hombre a una mujer o el de una mujer a un hombre y en estos años de reconocimiento de las minorías, el de un hombre hacia otro hombre o el de una mujer hacia otra.  La elección de este tema asegura las ventas, pues hoy como ayer deseamos amar y en reciprocidad, ser amados.

“El corazón joven necesita amar”—dice Luisa, en Monja, casada, virgen y mártir. Cierto, “El corazón joven necesita amar”, y también los corazones viejos. El amor, al contrario de lo que se creía en siglos anteriores, es asunto de todas las edades; es decir, que podemos cometer ridiculeces jóvenes, maduros o viejos. Sin embargo, la ridiculez se acepta más en los jóvenes porque se piensa que los adolescentes “adolecen” de ignorancia y de ansiedad. Dos cosas imperdonables en los viejos. Abundan las caricaturas del viejo rabo verde y de la vieja lujuriosa. Se espera que los jóvenes corazones en búsqueda del amor aprendan a  aletazos para que no quieran vivir en edades inapropiadas, lo que no vivieron en su mocedad. De allí que percibamos más ridículos a los viejos enamorados. Sin embargo, en cuestiones de amor no es seguro que los aletazos de Cupido te dejen sin propensión al ridículo. Pero veamos, ¿qué es el amor? Una serie de sensaciones y emociones contradictorias, –contestaría un poeta barroco: “hielo abrasador, herida que duele y no se siente…”; un niño viejo inocente y precoz, ciego y loco, juguetón e impasible, –definirían los griegos; una fuerza que transforma en luz y verdad todo lo que toca, –pronunciaría un cristiano o un idealista; una serie de fenómenos biológicos, químicos y físicos, –determinaría el científico. Un laberinto sin el hilo de Ariadna –pensaría Teseo (a quien no le importó abandonar a Ariadna en la isla de Naxos).

Cuando creemos amar nos vale un comino el ridículo, ni siquiera pensamos en él, tan solazados estamos en la fantasía de alcanzar el ideal propagado por los artistas, sobre todo por los decimonónicos; creamos nuestra bella historia de amor. Pero por desgracia intervienen dos voluntades y no una, por lo cual inesperadamente el personaje creado a nuestra imagen y semejanza se nos revela “tal y cual es”. Entonces lo odiamos, porque el molde no se ajusta a la hechura. Ridículamente nos convertimos en víctimas.

De cualquier forma, víctima o no, nadie es inmune al ridículo, aunque sea un filósofo de la talla de Abelardo (siglo XII), quien se enamoró de oídas de la joven Eloísa y la sedujo en vez de instruirla en la filosofía. Ella, como era de esperarse en esos tiempos, se embarazó.  Se casó Abelardo con la joven Eloísa, pero en venganza el tío de Eloísa lo castró. Eloísa y Abelardo, célibes obligados, se refugian en el amor de dios –el cual no es suficiente para Eloísa, la vieja abadesa que aún suspira por el  viejo castrado, reviviendo ridículamente en cada una de sus cartas el recuerdo de su pasión.  Actualmente ya no se escriben cartas pero se escriben mensajes en las redes sociales, igual de ridículos que las cartas de nuestros ancestros.

  Escribir mensajes de amor es exhibirse, caer en ridículo, no sólo es cuestión de mala ortografía o mala redacción, sino también el contento por una debilidad. . .  “Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que no han escrito cartas de amor son las que son ridículas”.