Porque te amo

La canción rencorosa se propagaba melancólica por toda la habitación, Rodrigo llenaba su copa una y otra vez. Triste, se sirvió el último sorbo de brandy. Era la cuarta botella, pero no podía parar, tenía el alma hecha jirones, una mujer, cómo había de ser de otra manera, propició ese desesperado querer olvidar. Ella, el pensamiento de ella era como un mosco, qué digo un mosco, una avispa que zumba y zumba, revolotea, molesta y escapa en cuanto la vas a matar. Perla era su nombre, cabello negro, largo y ondulante como el de un purasangre altanero, morena y dulce como una dona de chocolate recién hecha, encajaría perfecta en su boca ávida,  el sabor y el olor imaginados resurgían en niebla.

La había descubierto en el café, estaba sola como esperándolo a él, a quién si no, –¡Hola! –la saludó entusiasmado (¿Y, ahora éste?). Ella contestó turbada, uno es olvidadizo de rostros que no interesan, alguno que aparecía de súbito en el momento menos propicio para hacerla recordar –Perla, te llamas Perla, –No, no me llamo Perla, mi nombre es Rosario, –¿Rosario? (Perla está tratando de confundirme) –Perla, qué gusto encontrarte, llevo buscándote meses enteros (será uno que me confunde o uno que quiere pasarse de listo) ¿dónde te habías metido? –Creo que se ha equivocado, mi nombre es Rosario, no Perla. –¿Rosario? Está bien, Perla, pero dime qué has hecho todo este tiempo, cómo te ha ido, cuéntame (loco, de remate, qué intenta). –Bueno, nada…disculpa me tengo que ir.  Rodrigo no trató de detenerla, pero la siguió sigiloso, e imperceptible. Ella no se dio cuenta cuánto tiempo se quedó suspirando a la entrada de su viejo edificio. Ese fue el comienzo de una persecución quisquillosa y molesta para Rosario. Rodrigo supo que Perla trabajaba como decoradora independiente, que tenía un canario escondido en contra de las leyes de la casera y que había tenido un novio que la dejó por fugarse con un travestí de la Quinta avenida, pobre Perla, pero no hay mal que por bien no venga, allí estaba Rodrigo, extasiado, escuchando como cantaba arrítmicamente mientras tomaba la ducha. Ella era Perla, su joya, su futura esposa. La interceptó en el súper, –Perla, Perla, –gritó. –Otra vez, él ahí (me empiezo a asustar). Rodrigo trató de comunicarle que ella le pertenecía por derecho propio, para ello aprovechó las luces de los semáforos, la lentitud del tráfico y las aglomeraciones en el metro. Ni siquiera se inmutó cuando Perla lo llamó idiota, lanzándole una  fuerte bofetada, ¿qué más prueba de amor? Pero cuando Perla llegó con esos tres sujetos no le quedo claro  a qué oscuro juego lo invitaba. Lo  golpearon y le hicieron jurar no volvérsele a acercar. Se encerró en su cuarto, tomó copa tras copa, trataba de esclarecer los hechos. ¿A qué jugaba Perla, su alma gemela? Qué era su alma gemela, eso estaba claro como el agua, que ella lo amaba, era cosa evidente, lo demostraba su resistencia ficticia, en su mente surgió de súbito un chispazo, como suelen venir las ideas brillantes dio en el clavo. Lo que pasaba era que Perla deseaba ser amada como Rosario.

 

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