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Mandela

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De chingón y chingonería

chingar

Hace poco escuchaba a un locutor de un programa de radio dar consejos para hacer poesía: no rimas fáciles, no lugares comunes, etc. Esto no me sorprendió, pues dicho locutor se precia de ser poeta. Tampoco me sorprendió que pronunciara la palabra chingón. Lo que sí me asombró e incluso me disgustó es que su discurso estuviera plagado de la palabra chingón y sus derivados, en realidad sólo uno, chingonería. Perdí la cuenta de cuántas veces se expresó con estas palabras, aún más, me fastidió y apagué el radio. Sin embargo no olvidé el asunto. Quedé reflexionando sobre la causa, ¿ansia de identificarse con un determinado grupo social?, ¿desprecio por los radioescuchas?, ¿incapacidad para hilar un discurso oral? Quizá el dicho poeta sólo se conduce por inercia, como la mayoría, al utilizar palabras soeces como muletillas: “sí güey, no güey, ajá güey”. “El pinche Luis le dijo al pinche Pepe que la Pinche julia… no mames”.  Cierto que ninguna palabra de la lengua española es despreciable, ni las soeces, pues todas cumplen una función comunicativa, la cual por supuesto implica la expresión de las emociones. Si uno está enojado, muy enojado, nada como las palabras soeces para calmarnos, por eso una vez dichas se siente mejoría. Sin embargo pronunciarlas una y otra vez sin razón anula la función emotiva y por lo tanto fractura la comunicación. Ya Octavio Paz señaló la fuerte carga semántica del verbo chingar y sus derivados. Por supuesto, cuando uno está muy enojado no es lo mismo expresar “Estoy demasiado molesto” que “Me lleva la chingada”. Pero esta capacidad expresiva de las palabras soeces sólo funciona en determinadas circunstancias. Por lo que el abuso o más bien la reducción del lenguaje sólo a ellas demerita la comunicación. Esto incluso se ha extendido al teatro y al cine. Se provoca la risa fácil cuando se pronuncia una palabra soez. Es lastimoso reconocer en la risa los prejuicios y la ignorancia del auditorio, pero más lastimoso que los remitentes menosprecien a su auditorio. Hay tiempo para todo –decía el Eclesiastés. Cada cosa, pues, en su momento, o cada palabra en su momento. La función comunicativa del lenguaje se pierde cuando el vocabulario se reduce a dos palabras, sean estas palabras soeces o no, el efecto expresivo se anula cuando en un minuto se repite incontablemente chingón y sus derivados. Bien vale la pena que reflexionemos sobre la lengua, el sistema más perfecto hasta ahora para expresarnos. Y recordar que en nuestro idioma contamos con miles de palabras.