Monthly Archives: diciembre 2013

Mandela

paraconoceramandela

De chingón y chingonería

chingar

Hace poco escuchaba a un locutor de un programa de radio dar consejos para hacer poesía: no rimas fáciles, no lugares comunes, etc. Esto no me sorprendió, pues dicho locutor se precia de ser poeta. Tampoco me sorprendió que pronunciara la palabra chingón. Lo que sí me asombró e incluso me disgustó es que su discurso estuviera plagado de la palabra chingón y sus derivados, en realidad sólo uno, chingonería. Perdí la cuenta de cuántas veces se expresó con estas palabras, aún más, me fastidió y apagué el radio. Sin embargo no olvidé el asunto. Quedé reflexionando sobre la causa, ¿ansia de identificarse con un determinado grupo social?, ¿desprecio por los radioescuchas?, ¿incapacidad para hilar un discurso oral? Quizá el dicho poeta sólo se conduce por inercia, como la mayoría, al utilizar palabras soeces como muletillas: “sí güey, no güey, ajá güey”. “El pinche Luis le dijo al pinche Pepe que la Pinche julia… no mames”.  Cierto que ninguna palabra de la lengua española es despreciable, ni las soeces, pues todas cumplen una función comunicativa, la cual por supuesto implica la expresión de las emociones. Si uno está enojado, muy enojado, nada como las palabras soeces para calmarnos, por eso una vez dichas se siente mejoría. Sin embargo pronunciarlas una y otra vez sin razón anula la función emotiva y por lo tanto fractura la comunicación. Ya Octavio Paz señaló la fuerte carga semántica del verbo chingar y sus derivados. Por supuesto, cuando uno está muy enojado no es lo mismo expresar “Estoy demasiado molesto” que “Me lleva la chingada”. Pero esta capacidad expresiva de las palabras soeces sólo funciona en determinadas circunstancias. Por lo que el abuso o más bien la reducción del lenguaje sólo a ellas demerita la comunicación. Esto incluso se ha extendido al teatro y al cine. Se provoca la risa fácil cuando se pronuncia una palabra soez. Es lastimoso reconocer en la risa los prejuicios y la ignorancia del auditorio, pero más lastimoso que los remitentes menosprecien a su auditorio. Hay tiempo para todo –decía el Eclesiastés. Cada cosa, pues, en su momento, o cada palabra en su momento. La función comunicativa del lenguaje se pierde cuando el vocabulario se reduce a dos palabras, sean estas palabras soeces o no, el efecto expresivo se anula cuando en un minuto se repite incontablemente chingón y sus derivados. Bien vale la pena que reflexionemos sobre la lengua, el sistema más perfecto hasta ahora para expresarnos. Y recordar que en nuestro idioma contamos con miles de palabras.

 

De discursos y tiranos

editorial430

“La muerte llegue rogada, pues mi bien  previene, hálleme agradecido no asustado, mi vida acabe y mi vivir ordene”

 

Quevedo.

 

Hay seres a los que deseamos la muerte porque creemos que son causa de nuestro mal, es el caso de los tiranos, quienes en su mayoría parecen tener pacto con el diablo porque por más que rogamos a nuestros dioses, no mueren, o bien el odio y la ambición son alimentos extraordinarios que los mantienen por largo tiempo con vida. El tirano aplasta, humilla y tortura; sin embargo no podría hacerlo sin la intervención de cientos de ayudantes ni de la participación de sus víctimas. Creemos que “muerto el perro se acabó la rabia”, pero puede que no sea así. La libertad no se consigue en un juego de azar, no es resultado de ruegos fehacientes a nuestros dioses. La libertad no se obtiene por la muerte del tirano. La libertad es una lucha constante y paradójicamente se lleva a cabo más en el interior que en el exterior. La libertad es un compromiso con el ser humano que somos y de allí se extiende al otro, a los compañeros de viaje. Por ello es una cualidad que escapa a toda negociación mercantil, fuera del poder cuantificable del tirano y sus vasallos.

 

Para que un tirano se yerga es necesario el establecimiento de una base: cientos de individuos oportunistas, serviles, frustrados y ambiciosos. Tanto el tirano como la base son esclavos de la avaricia y justifican sus acciones con absurdas teorías que suponen a otros inferiores a ellos. Sin embargo, las víctimas participan también en el alzamiento del tirano, al creer sus argumentos torcidos y algunas veces prestándose al servicio del “amo”. De allí, que los “mejores” capataces en las plantaciones negras hayan sido negros, de allí que algunos judíos en los campos de concentración participaran en el aparato justificador de la violencia. Si esto es así, ¿cómo hallar la libertad en cercos? Sin duda alguna pocos seres humanos pueden escapar de la violencia del tirano y la base, aún más de su propia violencia. Muy pocos. Pero ellos demuestran que la libertad es un compromiso y una decisión de vida. Pase lo que pase, el hombre integro emerge tarde o temprano. Ese es el caso de Mandela, Rolihlalah: “el que ocasiona problemas”, y ocasiona problemas porque pone en tela de juicio las justificaciones absurdas con las que cientos de hombres frustrados y holgazanes basan el sometimiento de otros para que trabajen por ellos y los alaben.  Por eso la muerte de hombres que ocasionan problemas nos resulta triste. Mandela ha muerto, pero no su acción, una prueba de que la libertad se halla en el interior de cada hombre y no en el exterior, sin embargo rebasa los límites del cuerpo y es capaz de romper los tejidos del odio y avaricia que cientos tejieron. Ojalá haya miles de Madibas, dispuestos a labrar la libertad, son árboles de pie, siempre de pie. Ese sería un verdadero homenaje a Mandela, en vez de elegíacos discursos de hombres y mujeres en el poder, alrededor de su ataúd.

 

Por supuesto Madiba no logró acabar con la desigualdad en Sudáfrica, porque es responsabilidad de cada individuo el logro de su libertad.